sábado, 26 de agosto de 2006

La afortunada

En un autobús cualquiera, rodando por una calle de una ciudad de tantas otras, uno de esos días que no se pueden llamar día; oscuros, lluviosos y fantasmagóricos, una chica ve los edificios pasar por su ventana. La lluvia empaña los cristales por fuera, y el vapor por dentro. Sus mejillas están mojadas, como si una gota hubiera atravesado el cristal y se hubiera posado en su ojo, para luego caer al vacío acariciándole la cara.
Piensa en algo que le falta. ¿Qué?. Eso importa poco. Y lo que le falta también es poco importante. Pero eso no le importa.
Es consciente de casi todo lo que le falta, pero no de todo.
Le falta el amor, lo siente, pero le falta el odio, le falta la guerra, el fanatismo, pero no lo sabe.
Le falta la belleza, lo ve, pero le falta la represión, el velo, el burka, el terror, y eso no lo nota.
Le falta el relax, el descanso, lo necesita, pero le falta la pobreza, el hambre, la necesidad.
Le falta el 90-60-90, puede medirlo, pero le falta la enfermedad, no sabe valorarlo.
¿Que qué le falta?
Le faltan los ojos, pero le sobran las lágrimas.
¿Que más le falta?
Le faltan los oídos, pero le sobran los lamentos.
Mide lo que le falta para tocar el cielo, pero no ve lo alto que ya ha llegado.


PD: Gracias Rocío por animarme a escribir más.

jueves, 13 de julio de 2006

La propina

Te miro con una cara que te es familiar. Y te hablo de muchas cosas; con entusiasmo te cuento los viajes que he hecho. ¡Ni te imaginas los lugares que he visto!. Intento que escuches lo que te cuento sobre las personas que he conocido y que aún recuerdo. Me muestro como un libro abierto; pero tú simplemente no quieres leerlo; me miras con desprecio de cuando en cuando.
Mi piel cobriza... ¿Nunca te preguntaste quiénes más la acariciaron como acabas de hacer tú? ¿Acaso has visto las heridas que luce? ¿No sientes curiosidad por saber cómo me las hice?
Yo he viajado, y mucho. Siempre buscándote a tí. Muchos me ayudaron a llegar, pero otros me aprisionaron meses y años. Me tiraron, me robaron, me olvidaron, me encontraron, me amaron, me odiaron ... Mi desaparición fue motivo de alegría para algunos. Otros se despidieron de mí con gran pesar.
He visto mundo, mucho más que tú. Pero sé que siempre te he buscado, como un iluso y como un idiota. ¿Por qué me haces esto? ¿No ves que trato de hacerte feliz? Trato que veas el valor que tengo; el que puedo llegar a tener en el futuro ¿Por qué me abandonas?
Coges tu bolso, te levantas y te marchas sin mirarme; ni siquiera un adios.
Y yo me quedo tirado, en la mesa de este bar; en una bandeja de aluminio frío y sucio, esperando que venga el camarero y me arroje al tarro de las propinas.

sábado, 1 de julio de 2006

¿Sabes a dónde te llevan sus pasos?

Aquello había sido una revelación. Algien me dio la idea, y con ello un nuevo punto de vista sobre el asunto. Tras media hora andando en la oscuridad de la noche, a la luz de las farolas de la carretera, aun no había salido de mi asombro; es más, cuanto más tiempo pasaba, veía que explicaba muchos matices del problema, incluso aquellos en los que no había reparado. Era como la pieza de un puzzle que conseguía que los fragmentos sueltos encajasen. A partir de ahí terminaba la acera. Hasta entonces no me di cuenta de que iba cabizbajo todo el tiempo, pensativo, absorto. Estaba en las afueras. A partir de ahí decenas de urbanizaciones bordeaban la carretera hasta la siguiente ciudad. Me quedaba una hora de camino a través de una cuneta de cemento. Cuando cruzaba la tercera urbanización, aún encorvado, andando en este mundo y volando en uno paralelo contenido en mi cabeza, vi sobre el suelo huellas; las típicas huellas que siempre alguien deja sobre el cemento fresco. Aun tarde algunos minutos en darme cuenta de que estas huellas tenían algo de especial. Sí, no eran las típicas huellas; mas bien, eran bastante atípicas. No eran huellas de zapato. Eran huellas de pies, de pies desnudos. A juzgar por la distancia que los separaba, la persona que las había dejado estaba corriendo. Me extrañó bastante, paro tampoco le di demasiada importancia, y seguí mi camino. Algunos minutos más tarde, volví a fijarme en el suelo. Mis ojos llevaban tiempo mirándolo, pero no así mi mirada. Ahora las huellas eran por lo menos de dos personas. Una llevaba zapatos, la otra era la misma de antes. Los dos corrían. En muchos sitios, la huella del pie desnudo había deformado la de los zapatos. Al principio no lo tuve demasiado en cuenta; pero pronto comprendí lo que aquello significaba. ¡Era una persecución! Era evidente que estas dos personas corrieron por allí cuando el cemento aun estaba fresco. Claro que podría ser con cierto tiempo de diferencia. Seguiría andando, y lo vería. Apenas cien metros más adelante, las huellas desnudas repentinamente desaparecían. Las de los zapatos ya no estaban tan distanciadas, y eran algo más alargadas. Terminaban en un hundimiento alargado de un par de centímetros de profundidad y un metro de largo; el hueco que crearía una persona al caer... Esta vez sí que me paré, estupefacto ante lo que estaba viendo. Miré alrededor, pero no encontré ninguna otra pista. A los cinco minutos, decidí seguir mi camino. Diez metros más adelante, las huellas del pie desnudo aparecían de nuevo de la nada. Seguían corriendo. Y yo las seguí; también corriendo. La curiosidad me arrastraba hacia delante, y el miedo me empujaba desde detrás. Estas dos fuerzas colaboraron todo el tiempo desde ese momento, y me acompañaron durate todo el tiempo que duró lo que pasó a continuación. De la carretera salía una calzada. Se adentraba entre unos eucaliptos que bordeaban las pistas de golf de una lujosa urbanización. La iluminación de la calle era bastante deficiente, de hecho inexistente. A menudo solía pasar por ahí de día, pues el camino era agradable. No era el más corto para llegar a casa, pero se hacía más placentero. Hacia esa calle se dirigían las huellas. Las aceras eran de cemento en esa parte. El lujo comenzaba unos trescientos metros más arriba; con los primeros chalés. El par de fuerzas que me dominaban me empujaron a seguir la pista de aquellas huellas. La carretera ya estaba lejos, pero aún las farolas iluminaban la acera. Y veía los contornos de las huellas. Cada vez era más difícil distinguirlas. Tras una curva, los árboles tapaban la luz de la carretera, y sólo veía las sombras de las oquedades. Las seguí varios minutos haste que dejé de verlas. Me paré, encendí el teléfono móvil e iluminé la acera. Volví sobre mis pasos unos metros, y volví a dar con ellas. ¡Y las de los zapatos, de nuevo! Vi que se salían de la acera, y entraban dentro de la calzada. Pero sobre el asfalto sólo se habían grabado las huellas de los pies desnudos. ¡Y sin embargo el asfalto era mucho más reciente que el cemento de la acera! Mi mentalidad siempre ha sido de explicarlo todo con la razón; pero esas huellas saltando por el suelo y a través de una brecha temporal, me habían desolocado completamente. Mi imagen debía ser desconcertante; como desconcertado estaba yo. Un hombre en mitad de una calzada, en oscudidad total, iluminando el suelo con una luz blanca que venía de la pantalla de un teléfono móvil, mirando al suelo y a la vez intentando alejarse de él. Paralizado, como una estatua que mira horrorizado al fuego del infierno. Una brisa me despertó. Segí las huellas a través de la calzada, con el teléfono siempre apuntando al suelo. Cada vez veía cosas más extrañas. Llegado un punto, las huellas se paraban. Y en cinco direcciones diferentes, como una estrella, se alejaban de aquel punto, y se adentraban en la vegetación al borde de la calzada. Siempre con pies desnudos. ¿De dónde salían las otras cuatro personas? Miré a mi alrededor. No ví nada, pero supe que estaba rodeado. Lo sabía, ellos no se escondían. No disimulaban. Simplemente no los podía ver. Pero se dejaban sentir. No recuerdo nada más. Soy un joven de veinte años de pelo canoso y mirada perdida. Sólo cinco personas saben qué me ha pasado; y ninguna de esas cinco personas soy yo. No las conozco, pero sé que, a su manera, existen. Se que llegué a una urbanización. Crucé la barrera del aparcamiento, y a la altura de la tercera casa, caí desplomado donde me encontraron al día siguiente con los ojos abiertos mirando en la dirección de la entrada. Por tres días mis ojos no se movieron y mi boca permaneció cerrada e inmóvil. Las cámaras de seguridad de la entrada me grabaron al entrar. El último recuerdo que conservo antes de despertar en un hospital, es la pantalla de un móvil, en el que la hora eran las 23:55. La cinta de la cámara me había grabado a las 23:59. Despues de verme pasar había dejado de funcionar. Se también que en todo este tiempo estuve andando. Lo que no sé es lo que ví. Cuando abrí la boca, fue para pedir que me enseñaran los zapatos que llevaba aquel día. La pregunta sorpendió a los médicos: "Era una cosa que queríamos comentarle". Me neseñaron un par de zapatillas deportivas cuyas suelas habían desaparecido bajo una capa de cemento endurecido.

domingo, 7 de mayo de 2006

El arma

Estos son mis últimos pensamientos en este mundo que yo contribuí a empeorar. He quitado la anilla de mi última granada y la he soltado al aire. Sube, a la vez que gira sobre sí misma. ¿Cara o cruz? ¡Muerte! En el momento en que abandona mi mano manchada con la sangre de demasiadas personas, mi mente se despeja. Desaparecen las nubes de ignorancia; se abren las cortinas seductoras del fanatismo. ¡Si sólo lo hubieran hecho antes!
A mí me entrenaron para matar. Un buen día me dieron el fusil, un casco (o un cinturón bomba y una copia del Corán, eso importa poco) y me señalaron al enemigo. Me convencieron para odiarlo, a la vez que refinaba mis técnicas en el arte de la matanza.
Pasé de ser un muchacho inocente a un arma con alma y sentimientos envenenados. Mi vida se centraba en quitársela a otros. Me engañaron, me mintieron, me sedujeron, me entrenaron y me usaron.
Llegado el momento, me quitaron el bozal y me desencadenaron. Y gustoso, tome posiciones y comencé a disparar.
Un muerto. Dos muertos. Siete.... Cuanto más mataba, más me veía como a un héroe. Un gigante que arrastraba los cuerpos del enemigo a modo de trofeo.
Muerto tras muerto, batalla tras batalla, el mal ganó posiciones en mí, hasta que ya no quedaba más alma en mí. No era más humano que mis balas, que mis cargas de dinamita ... y tampoco tenía más importancia para quienes me mandaban.
Pero ahora, que todo estaba hecho, que no había vuelta atrás, que mis víctimas ya no saldrían del foso, ni reirían, ni conocerían a sus nietos, ni me conocerían a mí, rodeado de sagre, fuego y lodo, lo he visto todo claro. No soy inocente, no tengo la razón; ni defiendo la verdad ... ninguna verdad. Nada me da derecho. Ni la patria o la religión, ni el honor o la venganza, no el dinero o la miseria, ni la defensa ni la agresión, ni el hambre o la codicia, ni Dios o el demonio, ni los ricos ni los pobres, ni la forma de vivir o la de morir... Nada.
Soy un asesino.
Tengo tanta culpa, ni más ni menos, como los que planearon todo esto.
La granada ya ha caído. Lo ha hecho junto a mis pies. La miro un instante. La tecnología al servicio de la muerte. Ella se vuelve contra los hombres cuando los hombres se vuelven contra la razón.
Adios yo cruel.

sábado, 22 de abril de 2006

Orden

Martes, nueve y doce minutos, aproximadamente. Llego a la estación. Detrás de mí, como todos los martes a las nueve y doce minutos, un hombre de negocios con el traje gris y corbata roja, y un viejo obrero con mono azul. Paso el billete por el primer torniquete, y entro. Aún quedan dieciocho minutos para que llegue el tren. Mi sitio para esperar es el primer asiento libre, que, como todos los martes a las nueve y doce, es el cuarto banco, al lado de la mujer vestida con traje deportivo gris. Pocos segundos más tarde se sienta a mi lado, llenando el banco, el hombre de negocios. El viejo se sienta en el primer puesto del siguiente banco.
La estación se va llenando poco a poco. La madre de las nueve y veintitrés con sus dos hijos, criaturas que aún no han asumido el orden y de vez en cuando muestran comportamientos extraños al guión. La chica con la carpeta marrón, que antes de sentarse en el séptimo banco, se dirige a la máquina de aperitivos y elige el dulce número veintitrés.
A las nueve y treinta minutos, cero segundos, el tren abre sus puertas, y bajan un par de personas por cada puerta, seis por vagón; a éstas horas la circulación es siempre escasa.
Entro en el vagón de cola, por la segunda puerta, junto a la deportista, y me siento en el asiento del lado opuesto, a la derecha. Ella se sienta en el de la izquierda.
Seis minutos más tarde, hacemos la primera parada. La pareja del asiento doble al lado de la segunda puerta entra, sonriente, como siempre. Nunca he sabido de qué hablan, pero a su llegada a la octava estación, bajan sin hablarse ni mirarse. Ni siquiera parece que se conozcan. Seguro que la abuela de la séptima parada, que se sienta casi en frente de ellos, ni siquiera sabe que son una pareja.
Por fin acaba un día largo. Dentro de veintitrés minutos estaré entrando en mi casa, justo a tiempo para coger el telefono, que lleva un rato sonando. Y justo a tiempo para escuchar cómo cuelgan en ése justo intante. A las veinitrés horas y treinta minutos iré al hogar de los sueños, para dormirme siete minutos antes del cambio de fecha.
Antes de perder la consciencia, un último pensamiento cruza mi mente como un rayo, pero que no produce un trueno. Por un instante, me invaden las ganas de destrozar el orden, de librar el caos en mi vida, de entregarme a los peligros de la libertad. Me seduce el desorden, me llama la confusión, me atrae el azar. Pero hoy no es el día. La rebelión no está programada para hoy.
Nada es casual

sábado, 1 de abril de 2006

Los auriculares

Ocho de la mañana. Hora punta en el centro de Málaga. La gente anda. Sube y baja del autobús, del tren. Las baldosas del suelo son pisoteadas frenéticamente por miles de pares de zapatos calzados por miles de autómatas que siguen las miles de rutinas grabadas en su mente, en algún lugar entre el sueño y la vigilia.
Como la mayoría (o por lo menos, la mitad más uno), la música me acompaña en mi MP3. Es una prolongación del mundo de los sueños, un cabo del reino de Morfeo que se adentra en las tempestuosas aguas del mundo real. Intenta disfrazar de alegría a través de mis oídos la realidad gris que entra por mis ojos.
Entre meditaciones nulas y tras haber cruzado dos semáforos sin saber a ciencia cierta si estaban abiertos, me encuentro con el billete del autobús en la mano y buscando asiento. Me siento en el último asiento del primer vagón, a mano derecha. A mi lado, la mochila, que con cuatro libros pesados dentro, dudo que vaya a ceder el asiento a nadie...
Poco a poco el autobús se llena de gente. Tras comprobar que el periódico no tiene ninguna novedad (sólo cincuenta muertos en Irak, dos guerras en África, dentenciones de alcaldes y alcaldesas, inundaciones bíblicas, conflictos internacionales .... noticias de cualquier apacible día normal), compruebo con estupor que el autobús ha avanzado veinte metros a través del tráfico.
Me fijo en una chica sentada varios metros delante de mí. Es bastante atractiva. Es de aquellas caras que primero atraen la vista, luego la atención y después tardan en borrarse de la memoria. Me devuelve la mirada; probablemente le llame la atención la cara de idiota que se me ha quedado. Veo que empieza a hablarme. No, más asombroso, ¡me está cantando!. Y en sus labios puedo leer la letra de la canción que brota de mi MP3.
Ich liebe dich nicht mehr
Ich liebe dich nicht mehr oder weniger als du
Als du mich geliebt hast
Als du mich noch geliebt hast
¿Cómo sabe qué estoy escuchando? La miro con aún más cara de idiota. Y luego miro a mi MP3. Cuando vuelvo a mirarla, ya no está cantando. Es más, ni me mira. Aún más, se levanta y se baja frente a la Escuela de Idioma para Extranjeros de la UMA. Alumna de intercambio.
Su lugar es ocupado rápidamente por un anciano. ¡Qué cambio más malo! Hace una pregunta a la joven que hay a su lado. Y ella responde señalando hacia mí, sin mirarme. Luego vuelve a mirar a través de la ventana. El abuelo me mira y comienza a mover los labios.
Die schönen Mädchen sind nicht schön
Die warmen Hände sind so kalt
¿Me estaré volviendo paranóico? Me estoy volviendo paranóico. Miro a otro lado, como si la cosa no fuera conmigo. Una señora, que tiene pinta de ser sudamericana, aguarda de pie la llegada del autobús a la Comisaría. Presiona el botón rojo de STOP, y en su movimiento me vé. Me sonríe y sigue cantando donde lo dejó el anciano.

Ich such dich unter jedem Stein
Wo bist du?
Ich schlaf mit einem Messer ein
Quizás esté durmiendo. Pero no, es imposible. Cierro los ojos, los vuelvo a abrir. La música sigue sonando, pero nadie canta. La mujer ya ha salido. El anciano habla sonriente a su compañera de asiento, que intenta no hacerle demasiado caso. Como si nada hubiera pasado ...
Llegamos por fin a la Universidad, y me bajo en la primera parada, aunque esté muy lejos de mi facultad. Mientras el autobús se aleja, veo al conductor por el retrovisor tarareando una canción.
Alle Uhren bleiben stehen
Lachen ist nicht mehr gesund, und bald
Y antes de tomar el camino, veo a dos personas renovando el anuncio de una enorme valla publicitaria. Un cartel que ni tiene fotos, ni números ni logotipos... simplemente unas pocas palabras.
Wo bist du?

sábado, 25 de marzo de 2006

La naranja

Soplaba una suave brisa en los jardines de la parte alta del pueblo, meciendo suavemente las hojas de los árboles. Esta suave brisa era como una tormenta para una naranja, que, ya madura y curtida en su corta vida, luchaba ferozmente para agarrarse al árbol, al cual sólo le sujetaba una rama débil y yerma. Llegado el final de su cómoda vida en el árbol, un golpe de viento la arrancó y la lanzó al suelo de la calle.
Comenzaba así su viaje. El golpe con el asfalto de la calle, fuera del muro del jardín, fue duro, pero no mortal. Viéndose expulsada del Paraíso, y lanzada al rudo mundo exterior, decidió rodar cuesta abajo; primero con dudas, y luego cada vez más deprisa. Pasó entre las tranquilas calles de los chalés, pasando bajo los coches aparcados al lado de las aceras (sobre ellas, en los casos de los conductores más alejados de la ley). Luego pasó entre calles algo más estrechas y concurridas, entre grandes bloques de apartamentos. Conforme los edificios se hacían más altos, las calles eran más concurridas, y el centro del pueblo estaba más cerca.
En un semáforo, un transeúnte se disponía a cruzar. Paró una furgoneta para dejarle pasar, y en el carril de al lado, un coche lujoso frenó con aires de perdonavidas. Y cuando el peatón estaba llegando al otro lado de la calle, observó con estupor que un tercer móvil se dirigía hacia él ignorándole completamente, con una velocidad alocada para su pequeño tamaño. El peatón sonrió y le metió una patada a la naranja, que fue a estrellarse contra una pared al otro lado de la acera.
Este no fue el fin de nuestra naranja. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y a todos nos ha pasado que un golpe nos da el impulso para seguir adelante, en vez de rompernos las piernas y no dejarnos continuar. Algo parecido pasó con la naranja (a veces el mundo inanimado se parece tanto al mundo subjetivo del hombre). Ya no sólo rodaba, iba botando calle abajo, a una velocidad endiablada. Una velocidad que le dio la agilidad suficiente para colarse entre las ruedas de los coches que giraban, lenta y torpemente, alrededor de la rotonda del centro. Los pisos dejaban paso a bajos edificios con locales, casi todos tiendas, bares o restaurantes. Su fugaz bajada continuó entre peluquerías, bancos, floristerías, talleres, edificos en obras, más edificios en obras, grúas .... Finalmente, la avenida dio lugar a calles más tranquilas, con pisos, videoclubs, un viandante que la observó y decidió darle una historia, coches aparcados, y entradas de aparcamientos de los pisos. Y al final de esa calle, una barandilla, y detrás de la barandilla, una caída de cuatro metros.
Y tras cuatro metros de aire, el agua. Un riachuelo, crecido con las intensas lluvias de los últimos días.
Durante unos diez minutos, fue sólo un resto más, arrojado al torrente de agua y lodo. Fue sólo una molécula de agua más, siguiendo la corriente del resto, olvidándose de su carácter único, y de que en el fondo era una naranja y no una molécula.
El torrente dio vueltas y más vueltas, lanzando la naranja de un lado a otro, como si entre la orilla izquierda y la derecha se jugara una partida de tenis. Luego se fue haciendo más suave poco a poco. El agua cambió de violenta a pacífica, de marrón a azul. Ya no zarandeaba a la naranja, sino que la mecía suavemente.... Estaba en el mar.
Había pasado una hora o menos desde que terminó su vida de naranja ornamental de jardín, y ahora ya era una naranja navegante, una naranja aventurera, una naranja pionera. Y aún su viaje no habría de acabar, pues el mar es un sitio grande. La corriente la arrastró a costas extranjeras, muy lejos. La naranja vio tierra después de semanas, y para entonces era una naranja enorme. Ya no era ni siquiera de color naranja, ni esférica .... el sol, el agua, el tiempo, la habían transformado. Se había podrido, pero su materia seguía ahi, tocado la costa a lo largo de varios kilómetros.
Y aún su viaje no habría de acabar ...

sábado, 11 de marzo de 2006

Entre amapolas

Y de repente, en medio de aquel valle paradisíaco, un sonido familiar llamó su atención. Venía desde el cielo, por encima de sucabeza, de entre las nubes, como un pitido intermitente. Miró hacia la dirección de donde venía el ruido, y entre las nubes no divisó nada. Al volver la vista sobre el valle lo encontró cambiado. Ya no era verde y vivo, sino yermo y blanco; ya no flotaba aquella luz mágica en el ambiente, sino una vaga luz que apenas dejaba apreciar los detalles. Alargó la mano para apagar el despertador.

Las seis.

¡Qué absurdo! Después de dormir horas y horas, estaba más cansada que cuando se acostó. Necesitaba más. Al fin y al cabo, el despertador sonaría dentro de cinco minutos, así que dar una cabezada más no le haría daño alguno.

Media hora más tarde se disponía a cruzar la calle hacia la universidad. Miró a un lado, luego al otro, no pasaba nadie. Se dio cuenta que realmente estaba sola, la ciudad parecía muerta.... ¡muy raro en la hora punta! (a no ser que se jugara un partido de la Selección española, claro...). Al llegar a la otra orilla descubrió un pasaje nuevo, en el que nunca había reparado antes. Decidió entrar para tantear el terreno nuevo; le echaría un vistazo a las tiendas cuando estuvieran abiertas. Anduvo varios minutos por aquel pasillo, lleno de escaparates cerrados, oscuros y vacíos. Definitivamente, aquel lugar no tenía nada interesante... Se dió la vuelta, para comprobar con sorpresa que al fondo del pasillo no estaba la calle, sino otro escaparate. ¿Había girado sin darse cuenta? Llegó al final y vio que a su derecha se abría otro pasillo, pero éste también estaba cerrado. ¡Qué locura! Quizás al final de este nuevo pasillo... pero tampoco, otro pasillo más. Seguro que se había equivocado de dirección. Quiso volver, pero ¡sorpresa! El nuevo pasillo también estaba cerrado. ¡Y ESTA VEZ ESTABA SEGURA DE QUE NO SE EQUIVOCABA! O aquellos pasillos estaban vivos, o ella estaba loca. Con dudas, penetró en el nuevo pasillo, y vio que al fondo había un ascensor con las puertas abiertas. ¿Entrar? ¿No entrar? ... Entró. Antes de que se cerrasen las puertas del ascensor, vio con horror que el pasillo que acababa de abandonar, al cual habia llegado atravesando otro , ahora tenía una longitud de apenas dos metros, y no tenía ninguna puerta, sólo paredes. Se cerraron las puertas del ascensor antes de que pudiera comprobar que sólo tenía un botón amarillo: "ALARMA". Desesperada, presionó el botón hasta el límite de sus fuerzas. Y pudo oír un pitido intermitente que venía de algún punto por encima de su cabeza.

Las siete y cuarto.

Vaya palo, ya perdería por lo menos una hora de clase. Total, seguía cansada, otros cinco minutos, no podrian hacer mucho más daño del que ya se había producido.

Allí no la encontrarían. ¿Pero qué había hecho? ¿Por qué la perseguían? No lo sabía, pero no le interesaba para nada tener antecedentes penales desde tan joven. Y ya era tarde para colaborar. Era una fugitiva. Los vio correr por la entrada del callejón, sin darse cuenta de que estaba escondida detrás del contenedor. Pasaron diez minutos, la cosa se calmó, nadie más pasaba por ahí. Las sirenas sonaban muy lejos. Se asomó, y a la entrada del callejón vio una figurilla mirándola con cara de curiosidad. Era un chucho callejero, pequeño, gracioso. A ella le encantaban los perros, y le agradó aquella compañía simpática. Pero el perro retrocedió a su paso, mirándola con desconfianza. Le ladró varias veces, y salió corriendo, ladrando hasta perderse en la distancia. Apenas un minuto más tarde, toda la calle se inundó de luces, sirenas y hombres armados. La metieron en el coche, esposada, y el conductor arrancó. La sirena comenzó a sonar, pero con un sonido muy extraño y diferente al de cualquier coche de policía. Era como un pitido intermitente, que sonaba en el techo del vehículo, por encima de su cabeza ....

Las doce y media.........

Las tres

Las cinco y veinte

Y así pasó la mañana entre amapolas, perdiendo batallas imaginarias que le impedían acudir a las batallas reales...

sábado, 11 de febrero de 2006

La niña

Abrí los ojos, escuchando unos golpes sobre un cristal. Pensé que sería la ventana; así que encendí la luz, me levanté de la cama y me asomé. Pero no había nada... Probablemente fue un producto de mi imaginación, o la prolongación de algún sueño aun estando despierto, no sé. El reloj marcaba las cuatro y media. Apagué la luz, y mis ojos se posaron en una tenue luminiscencia que brotaba del monitor de ordenador que había al otro lado de la habitación. Me dí cuenta de que la débil luz se estaba moviendo... ¿eso era normal? No lo vería con más claridad si no me acercaba. Así hice; y cuál no sería mi sorpresa, y aún más, mi terror, al observar en el monitor una cara. Una cara pálida, desfigurada, pero claramente dibujada en la pantalla. Era la cara de una niña, o eso parecía; terrorífica. Apenas tenía rasgos; sus ojos eran dos manchas negras, y su boca otra. Era como un dibujo, un retrato hecho con prisas. Y lo que quizás era más desconcertante ... estaba viva, gesticulando con unas manos que se arrastraban sobre la pantalla desde dentro. Cuando se dio cuenta de que la ví, dejó de hacer gestos, e imitó mi cara de miedo con actitud burlesca.
Poco a poco, me acerqué al monitor, haciéndole señas, para asegurarme de que me estaba viendo y de que todo aquello era real. Y el fantasma reaccionaba, siempre haciendo muecas, riéndose de mí.
Una vez había conseguido captar mi atención, la niña me pedía algo. Señalaba frenéticamente hacia su derecha. Miré, pero no ví nada. Di señales de no entender. Entonces se señaló la boca, luego las orejas, y de nuevo, impacientemente, a su derecha. Entonces comprendí que señalaba a los altavoces. Quería que encendiera los altavoces. dudé por un instante, pero su nerviosismo iba creciendo; parecía estar enfadándose.
Finalmente, dí un paso hacia delante y encendí los altavoces. No se escuchó nada. Volví a mi sitio, y la ví perpleja, congelada, con un espanto pintado en la cara. De repente, señaló a mis espaldas, abrió mucho los ojos y profirió un chillido, abriendo mucho la boca, de modo sobrenatural. Un chillido de ultratumba. Noté el miedo como una onda de choque, un miedo que me hizo salir volando hacia atrás. Caí sobre la cama, y me golpeé la cabeza contra la pared.
Unos golpes sobre el cristal me despertaron. Estaba empapado en sudor, jadeaba y la cama estaba muy deshecha. Encendí la luz, y me asomé a la ventana. Ahí no había nada. Imaginaciones ... Antes de apagar la luz, miré la hora. El reloj marcaba las cuatro y media

viernes, 10 de febrero de 2006

Un árbol

Dicen que en las afueras de cierta ciudad, hay un pequeño jardín. Y aún más, en ese jardín, dicen, hay un árbol. Un extraño árbol, igual que cualquier otro, pero con un misterioso encanto o encantamiento. Y es que afecta profundamente a todo aquel que lo observa durante un rato. Se cuenta que a menudo pueden verse personas pasando tardes enteras observándolo, embelesadas, y que después de varias horas se levantan con una sonrisa enigmática pintada en la cara, y se marchan con la mirada aún perdida en un mundo aparte.
Carcomido por la curiosidad, decidí ir a la nombrada ciudad, y una vez ahí busqué el árbol.
Al principio me costó entender. Incluso creí que hacía el ridículo ahí sentado frente a un árbol, a un par de metros, mirando fijamente; pero ví que a ninguno de los transeúntes le llamaba la atención.
Pero ... ¡no era más que un árbol! ¿Por qué tanto revuelo por un árbol? Decidí desconfiar de mi primera impresión y seguí observando fijamente. Un tronco sólido brotaba de la tierra frente a mí. Por encima de mi cabeza se dividía en ramas, ramas que cada vez se hacían más finas, y todas ellas terminaban en hojas verdes y limpias.
Con la mirada y sobre todo con la imaginación, seguí el recorrido desde el suelo hasta una hoja. El tronco ascendía en línea recta y firme, con seguridad. A continuación se bifurcaba en dos ramas robustas. Escogí una y seguí subiendo por ella. Ésta a su vez se dividía en otras tres ramas más finas. Seguí escogiendo ramas y subiendo; y de repente, sin ningún aviso previo, llegué a una hoja; había llegado al final del camino. Más arriba no había árbol.
Había seguido un camino, y dejado atrás varios cientos de ellos. ¿Cómo saber desde el principio que iba a acabar en esa hoja? ¿Acaso importaba? Lo que sabía seguro, era que al final llegaría a una, y que más allá no había árbol.
Y entonces caí en la cuenta de algo que no había visto antes. El árbol no era lo único que podía ver. Debajo de él, había suelo, mucho suelo. Y ese suelo se extendía muy por debajo de sus raíces. Y el mundo no terminaba en sus hojas; por encima de ellas había mucho cielo. Incluso más que tierra.
No necesitaba ver nada más. Tierra abajo y cielo arriba; y en medio un árbol, alimentándose del suelo, y luchando por alcanzar el firmamento.
Eran la imagen del pasado, y del futuro, y en medio, un presente; una vida breve, que se alimenta de su pasado y tiene un futuro incierto. Pero lo cierto es que esa vida se extingue; en unas hojas que alimentan de oxígeno el aire; asegurando un futuro para las generaciones venideras.

sábado, 4 de febrero de 2006

A nadie le importa

Abre los ojos para ver la realidad. Abre los ojos para ver lo que significas para el mundo, para los demás. Abre los ojos para ver lo que les importa lo que dices, lo que haces, lo que piensas.
A nadie le importa.
A nadie le importa lo que hagas, tienen cosas más importantes que atender. A nadie le importa lo que tú pienses. A nadie le importa si te sientes bien o mal. A nadie le importa lo que tú opines. Ni tus quejas, ni tus reflexiones, ni tus pasiones, ni tus aficiones, ni la historia de tu vida, ni tus sueños, tus pesadillas....
A nadie le importas... ¿Frío? .. Sí. Pero es por esto que puedes pensar lo que quieras, decir lo que quieras, opinar lo que quieras, vivir como quieras, ... porque a nadie le importa, a nadie le molesta; y si lo hace, recuerda que no te importe.
Porque si un dia abres los ojos, y nada cambia, y todo sigue negro; porque si un dia abres los ojos y no ves nada, entonces tienes permiso para imaginar el mundo como tú quieras.

viernes, 27 de enero de 2006

Incomunicación

Te vi por la calle, y tu te alejabas de mí sin haberme visto aún. Te llamé, pero no me oíste, así que decidí llegar hasta tí. Te seguí, y tú seguías sin verme, y sin escucharme cuando te llamaba. Te seguí siguiendo, pero tu cada vez andabas más deprisa. Te seguí llamando, pero el ruido de los coches y el ruido de tu indiferencia ahogaron mi voz. Cuando por fin te alcancé, giraste de repente y no pude pararte. Y tú seguías sin mirar atrás. Volviste a alejarte, y yo a seguirte. Un semáforo se puso en rojo, y los coches comenzaron a pasar. Por un momento tuve la esperanza de que te alcanzaría, pero te arrojaste a la calzada y continuaste tu camino. Y yo tuve que pararme ante el tráfico que te tragó. Todo seguía normal. Y cuando el semáforo se abrió, y llegué a la otra orilla, me senté en un banco a pensar. Sólo me preguntaba si el fantasma eras tú o era yo.

domingo, 22 de enero de 2006

Un viaje normal

Comienza a moverse, imperceptible. Deja atrás, centímetro a centímetro las piedras del camino. Luego, metro a metro, abandona la estación, kilómetro a kilómetro, cada vez más rápido. Ante mí el paisaje comienza a pasar, como un cuadro animado. Intento sumergirme en él, eliminar el marco y atravesar el lienzo de cristal.
De repente estoy fuera, corriendo a 100 km/h sobre una alfombra de piedras, traviesas y acero. Y ahora dejo de pisar el suelo y vuelo a metro y medio de altura. Pero poco a poco me desvío, y puedo dejar de seguir la vía, puedo volar a donde yo quiera, subir o bajar tanto como yo quiera.
Siempre he querido llegar hasta las nubes, y ahora nada me lo prohíbe. ¡Allá voy!
Mas algo ha fallado a medio camino. Caigo. Caigo rápido. Caigo cada vez más rápido. El suelo está a pocos kilómetros, a pocos metros y ahora a un par de centímetros. Todo negro.
Y todo sigue negro, pero estoy vivo, sentado en el suelo y con la espalda apoyada a una pared. Sólo puedo ver un piloto rojo en la pared de enfrente. Me levanto y presiono el botón sobre el que luce el piloto. Y se enciende la luz cegadora de una bombilla de 60 W.
Estoy en una habitación llena de objetos, con dos estanterías para dar algo de orden al desorden. Y a mi lado hay una puerta, que supongo que será la salida. Como no encuentro nada de interés en la habitación, saldré. Por cierto ... ¿dónde demonios estoy? ¿y cómo he llegado aquí? Atravieso la puerta, y veo el símbolo de RENFE en el pasillo al que se abre. En la puerta que acabo de atravesar leo un cartel que pone "Objetos Perdidos"

jueves, 12 de enero de 2006

Una mañana de estas ...

Hoy desperté recordando que olvidaba algo. No sabía de qué se trataba. Desayuné con esa extraña impresión clavada en cada bocado de comida. Y la sensación seguía ahí mientras me estaba vistiendo. Antes de salir de casa comprobé que todo estuviera en su sitio. ¿La cartera? La llevaba, y dentro de ella el billete del tren, del autobús y el dinero suficiente. ¿Las llaves? Estaban en su sitio; no me quedaría en la calle ni moriría de frío en la misma puerta de mi casa... Y así, comprobé que todo estaba en orden; el gas estaba cerrado, las luces apagadas, los grifos cerrados ... Bajé las escaleras a tientas, palpando con las manos las paredes, y tropezando continuamente, llegué a la estación, y poco después subí al tren, con esa sensación aún rondando mi cabeza... ¡Un momento! Se me hizo la luz. Siempre me decían que algún día me iba a pasar, y hoy por fin pasó; me dejé la cabeza en casa.

viernes, 6 de enero de 2006

En las afueras de la Felicidad

Llueve ahi fuera. Las gotas chocan contra el cristal del coche, pero vuelven a volar;
salen disparadas hacia atrás. Voy rodando sobre el agua, dejando detrás de mí una nube, eclipsando mi pasado.
De lo hecho me separan litros de gasolina, de lo dicho, vueltas y vueltas del cuentakilómetros, de lo visto,
toneladas de negro asflato.
Han pasado a mi lado llanuras vacías, montañas que amenazaban con derrumbarse, túneles excavados en el seno del infierno, sin un final a la vista. Sobre mí ha caído la furia de los cielos, el silencio del día, y el calor de las estrellas.
Poco a poco, lentamente, aparecen y pasan a toda velocidad las primeras señales de civilización. ¿Estoy llegando a algún sitio?
Carteles luminosos anunciando no sé qué, vallas publicitarias con no sé cuántas fantásticas ofertas. Otros coches, civilizados, que dejo atrás no mucho más lentamente que a las gotas de agua.
Hasta donde alcanza mi vista, a través de la lluvia, se extienden los vestigios de la vida, una vaga vida de carretera, poblada por viajeros y conductores, conducidos y transportistas, transportes y mercancías; sin mercados, sólo gasolineras y paradores.
El reloj marca las 3 de la madrugada, el velocímetro marca 190. Cada segundo que pasa lo dejo atrás en un segundo, y en una hora queda a cientos de kilómetros.
Y detrás de una curva, a través del agua, aparece majestuosa la Ciudad. Brillantes luces adornan enormes edificios. Los parques están iluminados por la Luna, que ilumina a enamorados y soñadores. Los neones esconden risas, bailes, historias ... Al ritmo de la ciudad, la vida bulle, la paz se impone por las armas de la armonia y el fuego de la dulce frivolidad. Sí, ahí es donde quiero estar, en esa ciudad, no me importa ser un lotófago, olvidarme de lo que hay fuera para siempre.
Y ante mí se abre la puerta de la ciudad; y no estoy ya más en las afueras... La traspaso, y mi vista se sumerge en un mar de belleza, mis oídos se inundan de cantos de sirenas, y mi boca saborea la dulzura del aire. Me olvido de todo, el tiempo se ha detenido.
Pero no el coche, sigue corriendo por calles y boulevards, ante la mirada atónita de los transeúntes que ven perturbada su tranquilidad.
Me estoy dirigiendo a la salida, no puedo evitarlo ya, el coche no me obedecerá. ¡No quiero perder esto que tengo! Una vez que he llegado no quiero irme. Pero no hay remedio.
Más allá de la puerta, puedo sentir el calor. Más allá de la puerta veo la luz. Más allá veo las cenizas, la destrucción. Más allá rugen los fuegos del Averno.
¿Para qué tenerlo todo para volver a tener nada?
Despues de todo es la parte que me ha tocado. Seguiré corriendo para llegar a algún otro lugar,
a través del mismo infierno, si el camino me conduce allí...
Los demonios que dejo atrás se sorprenden al oír una carcajada siniestra brotar de un vehículo que
se sumerge en las llamas a una velocidad endiablada, y deja a su paso una estela de cenizas y huellas de neumáticos cuyos dibujos han desgastado la distancia, la velocidad y el tiempo.

sábado, 19 de noviembre de 2005

Hijo de la ciudad

Despertó a una vida nueva. Bajo la luz del Sol naciente, bajo la sombra del alma de la ciudad humeante, se puso en pie, levantóse de la dura cama. Nuevos sueños invadieron su mente al despertar, nuevas ilusiones al volver a la realidad. Se asomó al balcón, y vio la ciudad bullir bajo el cielo marrón. Miles de personas conducían, millones eran conducidas; todas se movían. Y nadie podía verle ... Nadie podía escucharle; ni siquiera sabían que existía; nadie sabía que hoy nacía de nuevo.

Sabía que se asomaba a una marabunta solitaria, a una multitud de solitarios, al ruido de la incomunicación. Bajó a la calle y comenzó a andar sin rumbo. Se diluyó entre una muchedumbre silenciosa y se perdió.

El hijo de la ciudad volvía a casa.

miércoles, 2 de noviembre de 2005

English is throwed (El inglés esta tirao)

Let's throw a little big sight in the entrails of the language of Shakespeare. As you can appreciate by simple view, spainish and english have very similar expressions:
(Echémosle un vistazo a las entrañas del idioma de Shakespeare. Como podeis apreciar a simple vista, el español y el ingles tienen expresiones muy similares)
I caught a blind: Pillé un ciego
She gave me a big plant: Me dio plantón
Each two times three: Cada dos por tres
This cocoon is more ready than hunger: Este capullo es más listo que el hambre
From cape to tail: de cabo a rabo
To give more rounds than a ladybird in the fair: Dar más vueltas que un mariquita en la feria
To smash a big telephone: pegar un telefonazo
In January it touches to sink elbows: En enero toca hincar codos
Read my lips: that can't I of to move!: Léeme los labios: ¡Que no me puedo yo de mover! (www.calicoelectronico.com)
Don't see uncle, what piece of aunt's I saw last night: No veas tío, que pedazo de tías ví anoche
As you can verify, english is a very simple language; the thing is to put yourself (Como podeis comprobar, el ingles es un idioma muy facil; la cosa es ponerse)

sábado, 8 de octubre de 2005

Lea Esto

El cielo estaba despejado, pero aun asi era un dia gris. En el parque bullía la vida por doquier; niños corriendo y asustando a las palomas, viejos dando de comer a los patos... ni más ni menos que lo que uno esperaba encotrarse en un parque.
Y cada mano hasta donde alcanzaba mi vista sostenía una lata. Pero ninguno parecía darse cuenta. Es más, miré y encontré una en mi propia mano; no había reparado en ella hasta ese momento.
Algunas dudas comenzaron a asaltar tímidamente mi mente; ¿de dónde venía aquella lata? ¿Y todas las demás? Le dí un sorbo a la bebida que contenía. Era dulce y gaseosa, pero no sabría identificar el sabor con nada "del mundo real".
¿Qué era?
Caí en la cuenta de que todo aquello era absurdo. Quiero decir, todos teníamos la lata y bebíamos de ella, sin saber cómo y cuándo llegó a nosotros ni qué tenía dentro. Y sin embargo nadie nos obligaba. Al menos no a mí. ¿Por qué iba nadie en su sano juicio a comprar algo que ni conocía ni necesitaba?
Bueno, quizás estaba pensando demasiado. Eché un vistazo a mi alrededor. Todo vivo... pero seguía habiendo algo en aquel ambiente que no me encajaba. Un punto de antinaturalidad, de falsedad.
Instintivamente dí mi último sorbo a la lata y la tiré en el contenedor de latas, que a esas horas de la mañana ya estaba lleno. Al salir, aún no había reparado en el mastodonte de hierro que se alzaba en el mismo centro del parque, un inmenso cartel rojo, que en letras blancas contenía un breve, sencillo, directo, pero a la vez efectivo mensaje: "Beba CocaCola"

miércoles, 5 de octubre de 2005

La cripta

La llamada de una voz oscura. Puede llamar en cualquier momento, pero tiene predilección por esos en los que la mente descansa, estás solo y sin mucho que hacer. Quizás suele ser por la noche, cuando prefieres olvidar el día que ha terminado y te desconectas de este mundo indómito; cuando ya no hay peligro de que te devoren si olvidas vigilar tus espaldas.

Sigues las instrucciones de la voz. Todavía sigues conversando contigo mismo, llevas todo el día haciendolo, y aún no te has acostumbrado al silencio al que ya tienes derecho. Mientras tanto, has llegado hasta la puerta de la cripta. Todo está oscuro aquí fuera. Abres y das un paso hacia ese mundo de luz. Y entonces todas las historias invaden tu mente.

Guardas silencio y te conviertes en un espectador.



Recuerda voces del pasado, imágenes de sucesos ya lejanos en el tiempo, pero presentes en la actualidad de la memoria. Recuerda personas y lugares, lejanos en el espacio, pero presentes en su minúsculo mundo, que se extiende entre sus ojos y su nuca.

Viaja recordando viajes; sonríe recordando sonrisas; se hace más persona recordando personas.

Y al final, decide salir de nuevo.



Cierro el álbum de fotos, o la carpeta donde las guardaba en mi disco duro, y con mis recuerdos en mente, vuelvo a ser yo mismo.

Soy lo que mis recuerdos hacen de mí, y soy el fiel reflejo de los buenos y de los malos; soy el libro de mi propia historia. Mis recuerdos son la prueba de que he vivido, y me dan el derecho de seguir viviendo. Con ellos en mente, puedo parar, y descansar tranquilamente, y ganarme el derecho de vivir mañana.



Y recuerda, cuando no tengas nada, recuerda, pues aunque vivas en el presente, lo que te lleves de este mundo sera sólo lo que recuerdes.

sábado, 24 de septiembre de 2005

El hormiguero

Te despiertas. Mientras te preparas el desayuno como un autómata, sigues ofuscado por la danza de imágenes y sonidos confusos del ultimo sueño que recuerdas de la noche anterior. Sales a la calle y montas en tu coche, en el autobús o en el tren, a asistir a las clases o al trabajo, me da igual... Como tú otros diez mil con los que te cruzas, el resto de los dos millones de habitantes que sabes que tiene tu ciudad, y los cuarenta millones de tu pais... Te paras para almorzar, y ves pasar a la gente. Piensas que ellos también estarán camino de sus respectivos manjares. Despues de comer descansas algún tiempo, y mientras tienes un breve instante de duda existencial te quedas dormido. Despiertas y vuelves a tus tareas, hasta la hora de cenar. Un último pensamiento cruza por tu mente antes de quedarte dormido. Un breve y desconcertante mensaje te da la bienvenida al mundo de los sueños; y dice así: "¿Qué has hecho tu hoy para cambiar el mundo?"
"Nada"
O quizás todo. Has sido el alma de la ciudad, la compañia de otros don nadies, una millonésima en todas las estadística; has hecho que funcione el autobús, que el tren salga a su hora, has dado utilidad a los semáforos y a las señales de tráfico; has evitado que la compañía de la luz y del teléfono se arruinen; has escrito una parte de la Historia y te has hecho protagonista de ella; has sido la inspiración de poetas, escritores, músicos, escultores, pintores, fotógrafos, cientos de actores han recreado otras tantas comedias para ti; se han acordado de ti los mendigos, los parados, los obreros, los empresarios, los lideres mundiales, los sacerdotes, los científicos, los charlatanes, los honrados, los idiotas; has ejercido una fuerza de 70 kilopondios sobre la Tierra; has sido el centro de atención en reuniones de vecinos y en el Parlamento; has sido adulado por marcas comerciales y compañias publicitarias, las fábricas han fabricado todo el día para ti, los huertos han cultivado todo el día para ti, los mataderos han matado todo el día para ti....
Eres sólo una hormiga en el enorme hormiguero.
Piensas que no eres nada, que el mundo no gira en torno tuyo; y una vez más, te equivocas.
Eres todo, eres todos, pero no existes...
Eres el hombre medio.

martes, 13 de septiembre de 2005

Todo lo que no ha pasado....

El joven se dio la vuelta por última vez, antes de cerrar la puerta. Era su decisión y así lo asumió, con todas las consecuencias que pesarían sobre él... Ahora que los años le separaban del momento, el viejo se preguntaba cómo hubiera sido su vida si no hubiera tomado aquella decisión. Todas las historias que nunca sucedieron, porque fueron guillotinadas al cerrar la puerta ...
En cada instante en el universo se producen miles de millones de decisiones; no aquellas que tomamos nosotros, sino a nivel atómico. Los procesos cuánticos (esto es, aquellos que suceden para las particulas que forman los átomos; los ladrillos esenciales de todo lo material) tienen la posibilidad de "tomar decisiones". En otras palabras, nunca se sabe qué va a hacer una partícula cuántica. Todas estas decisiones han dado lugar a lo largo de la vida del Universo a la realidad tal y como la conocemos.
¿Y por qué se han tomado estas decisiones y no otras? ¿Porque la realidad tal y como es y no otra?
Existe una teoría científica que viene a decir que en realidad se dan todas las posibilidades, se cumplen todas. Es decir, un ejemplo tonto, digamos que una particula puede moverse en cuatro direcciones. Según la Teoria de los Muchos Mundos (así se llama) la partícula en efecto escoge las cuatro opciones.
Puesto que cada opcion daría lugar a unas consecuencias diferentes, de hecho se generan cuatro universos diferentes, que evolucionan cada uno por su camino. Ahora bien, esto es solo una particula. Digamos que hay dos particulas, cada una capaz de elegir cuatro opciones. Por cada opcion de la primera, la segunda puede elegir cuatro opciones; es decir, en total 16. Con dos particulas se generarian 16 universos. En cada uno de ellos la particula puede seguir decidiendo entre otras nuevas opciones.
Por supuesto, en el Universo real, no hay dos particulas (ni 4 opciones); y cada una de estas particulas han tenido todo el tiempo del mundo (literalmente) para tomar infinidad de decisiones. Por tanto, hay infinidad de universos con infinidad de historias posibles. Mejor dicho, con todas las historias posibles.
En una de estas historias los humanos no existimos, en otra no existe la Tierra, en otra Hitler nunca nació, en otra la letra de este texto es roja, en otra se me olvidó escribir una tilde ..... y así sucesivamente. Incluso hay un universo en el que todo es igual, a excepción de un átomo perdido en la inmensidad del espacio.
En la mayoría de las historias no existe la Tierra, en la mayoría de las restantes no existen los humanos; y aún los que sobran forman todas las historias posibles. En muchas de ellas (en la mayoría) nunca escribí este artículo; pero aún sobran universos como para que haya escrito cualquier otra cosa sobre cualquier tema.
Si tomñais una decisión errónea, recordad que siempre hay un universo (en realidad miles de millones) en los que no os habéis equivocado... Por desgracia solo podéis vivir en uno...
Es la Teoria de los Muchos Mundos; una teoría sin demostración, pero aceptada por la mayoría de los científicos, por extraña que parezca, y con una fuerte base matemática y física.

miércoles, 7 de septiembre de 2005

El Caos

"La previsión para aquel día era de un cielo cubierto durante todo el día, con lluvias entre las 3:17 y las 3:32; sin embargo hacia mediodía las nubes habían desaparecido, dejando un cielo azul, manchado con unas pocas nubes blancas y esponjosas. En algún lugar una mariposa había batido las alas, y ninguno de los millones de ojos que escrutaban el mundo lo había registrado"
¿Es posible que algún día podamos hacer una predicción meteorológica infalible? ¿Podremos buscar refugio dos minutos antes de que estalle la tormenta? Preguntas como ésta están íntimamente relacionadas con otras com por ejemplo: ¿Podría un jugador tirar un dado no trucado, de modo que salga el número que él desee? ¿Si medimos la fuerza con la que tiramos la moneda, la velocidad del viento, etc etc .... podremos saber de antemano si cae cara o cruz? Resumiendo; ¿podemos predecir el futuo?
Supongamos que conocemos el presente; sabemos que toda causa produce un efecto, supongamos además, que conocemos todos los posibles efectos de todas las posibles causas. En una situación así podríamos conocer, simular, el futuro. Digamos que conocemos todo lo que ocurre en la atmósfera; en tal caso seríamos capaces de simular la meteorología por un tiempo infinito; con una precisión enorme. Con una capacidad de cálculo de esta medida; las palabras "imprevisto" y "sorpresa" desaparecerían...
Sin embargo, cabe preguntarse una cosa; ¿realmente conocemos el presente tan bien como pensamos? Cada factor del presente, por insignificante que parezca; supone un cambio enorme en el futuro. Un mínimo error de observación supone una predicción completamente errónea.
Una mariposa bate las alas en Pekín y a los pocos minutos en Nueva York se desata una tormenta. Relaciones de causa-efecto en cadena, que se van multiplicando y creciendo con el tiempo. Incluso si los meteorólogos controlasen hasta el aleteo de una mariposa en cualquier punto del mundo; aún tendrían que tener en cuenta factores inabarcables: el calentamiento que produce la Estrella Polar sobre la atmósfera, los miles de meteoritos que cada día chocan con la Tierra, el movimiento de las placas tectónicas, el flujo del magma interno de la Tierra, etc .... No os enfadéis con el hombre del tiempo si se equivoca tanto...
Por tanto, si bien el Universo (del cual nos es dado observar este minúsculo rincón) es predecible por medio de leyes físicas, es totalmente impredecible para nosotros, no porque no seamos capaces de predecir el futuro (que tampoco) sino por el hecho de que no somos capaces de observar el presente.
Ésta visión del mundo, recibe el nombre de caos. Hay tantas cosas que pueden suceder, que parece que sucedieran aleatoriamente, sin ningun orden. Caundo el jugador tira el dado, está predestinado a que salga un número; pero hasta la última célula de la piel de su mano decide qué número vá a salir. Aún cuando el dado está volando, la bocanada de humo que ha soltado una fumadora en la otra esquina de la habitación hace diez minutos, es decisiva a la hora de decidir qué número va a salir. En otras palabras; los dados trucados siempre son más seguros.
Y mientras leíais esto, una mariposa batió sus alas en Pekín. Preparad el abrigo.

lunes, 1 de agosto de 2005

INMENSIDAD

A muchos nos cuensta imaginar de golpe 100 unidades de algo; puede que haya algun privilegiado que sea capaz de visualizar 1000 unidades ... Esta es la escala en la que opera nuestra mente. Así visto resulta comprensible que hayamos tardado miles de años en entender dónde estamos y que posición ocupamos en el Universo (en este Universo).
Cuando vayais a la playa haced este experimento. Es bien sencillo, nada del otro mundo: haced un cuenco con una mano y llenadlo de arena (sin rebasar). ¿Cuantos granos creeis que habeis cogido? ¿1000, 10000 ...? Considerando los granos de hasta 0.0001 mm, habeis cogido ni mas ni menos que 20 millones de granos. Si haceis el cuenco con las dos manos, habreis cogido 40 millones (uno por cada habitante de España). Y si llenais las dos manos a rebosar, tendreis 60 millones... Bien, esto ya de por si supera la imaginacion. Pero 60 millones es una cifra insignificante... MUY insignificante. Para darse cuenta bastarís echar un vistazo a toda la playa, y luego imaginar los kilometros de playa de la provincia de Málaga. ¿Cuántos granos de arena hay solo en las playas de Málaga? ¿Una cifra grande? ¡Insignificante! Porque hay muchas más playas, y además desiertos. Intentemos imaginar (es imposible, pero intentemoslo) el número de granos de arena de TODAS las playas y TODOS los desiertos del mundo.
Por cada grano, en el Universo se calcula que hay entre cientos y CIENTOS DE MILLONES de estrellas. ¡Aún el número de granos de arena de TODAS las playas y TODOS los desiertos del mundo es un número insignificante!... De ellas a simple vista podemos observar unas 5.000 en sitios oscuros y alejados de núcleos urbanos y unas cien en las ciudades (ahora sí, 5000 se convierte en una cifra de lo más ordinaria).
Recapitulando, en un universo de varios cientos de miles de milllones de galaxias nosotros estamos en una de tamaño mediano (¿quizas?), girando en una de las 200 mil millones de estrellas, en un minúsculo planeta (que ya de por sí nos resulta grande).
Y que decir de las distancias; si de la Tierra al Sol hubiera una distancia de 1 cm , la estrella más cercana estaría a 1 km. Y ésto es sólo la más cercana.
De hecho, el Universo es tan absolutamente enorme, que por mucho que avance la tecnología, no seremos capaces de verlo en su totalidad. En términos prácticos, podemos considerar que el Universo es infinito...
A todo esto, si por cada grano de arena que cabe en una mano (20 millones) nos dieran la cantidad de estrellas correspondiente, tendríamos no menos de 2.000 millones (haciendo un cálculo a la baja). Unas 50 personas con las manos llenas pero sin rebosar, tendrían tantos granos de arena como estrellas hay en nuestra galaxia.